Hablemos de Christopher Robin

Honradamente, sí soy muy fan de Winnie the Pooh. Cuando era niño mis papás me compraron libros de pasta MUY dura para leer del osito bobito y eran mis favoritos (de hecho ahí los tengo), cuando visite Walt Disney World una de las atracciones que más recuerdo con cariño es el ride  sobre una enorme vasija con la leyenda “hunny”, y así les podría dar mil ejemplos sobre mi fanatismo con los personajes del bosque de los 100 acres.

Hace unos años, cuando se anunció que Disney iba a producir un live action sobre la vida adulta de Christopher Robin la neta tenía mis dudas, unas decenas de meses después puedo decir que estaba equivocado, Christopher Robin le habla aquellos niños que siguen dentro de nosotros y lo hace con un elemento infalible: la nostalgia.

Si bien tiene una trama muy básica y repetitiva: el padre que está tan inmerso en su trabajo que deja de dedicarle tiempo a su familia y tiene que pasar algo “mágico” para darse cuenta la importancia que tiene. Aquí no es el qué sino el cómo te lo cuentan que hace que esta película resuene en tu memoria por un buen rato.

El uso de personajes queridísimos, tal vez no tan bien explotados (pero seamos honestos, aquí el protagonista es el, ahora, señor Robin) como en otras ocasiones pero cumplidores. La esencia y personalidad están plasmados con toda y su, algunos dirán, tétrica apariencia esto ayuda al ritmo del filme e incluso a robarnos algunas muy buenas risas. Obviamente la mención honorífica es para Pooh y su eterna sabiduría oculta, cada frase que dice en esta película bien podría ser diseccionada en las clases de filosofía más profundas y complejas.

Ewan McGregor entrega un interpretación digna de su trayectoria pero sin pasar hacer memorable (si quieren ver al mejor Ewan de la historia hasta ahora lo encontrarán no en Trainspotting sino en la serie Fargo. Imperdible), tal vez el cómo interpreto la eterna obsesión con la chamba de su personaje lo hace menos empático a tal grado que llegas a decir “pinche Christopher Robin, ahora sí te pasaste” pero nada de que preocuparse. Halley Atwell de igual forma se siente como un mero accesorio, no da el contrapeso que una esposa y madre enojada por que su marido no está podría mostrar. No lo hace mal,  pero da la sensación de que pudo haber sido mucho mejor.

La dirección de Marc Forster es atinada y metódica (durante el rodaje hizo que los actores interactuaran con peluches para hacer la interpretación más natural, y creo que funcioni), además de que se nota su maestría en la hechura de pasajes complejos en los personajes que dirige, ya lo hizo con James Bond y con el mismísmo J.M. Barry.

El diseño de producción es impecable (como toda película de época de Disney) realmente estás viendo el Londres de la década de los 40. Pero el enorme aplauso se lo merece el bosque de los 100 acres al hacer que casa habitadas por animales de peluche sea vean reales e incluso verosímiles. Un trabajo redondo, pues.

A lo mejor el punto más débil del filme recae en la obscuridad de la fotografía, al intentar hacernos sentir melancolía, angustia y nostalgia, la paleta de colores fungió como un distractor que te hace sentir que estás viendo (a nivel color) un dramón de Terrence Malick. De ahí en fuera el arco narrativo predecible y repetitivo se puede perdonar al ser una película familiar.

La primera adaptación en acción viva de Pooh y compañía no decepciona al hacernos reflexionar y hacer un introspectiva sobre lo que los niños que crecieron con estos cuentos hacemos ahora como adultos y de paso le dicen a las nuevas generaciones que es muy divertido jugar pero sobre todo saltar.

En conclusión Christopher Robin es una cinta nostálgica, visualmente muy bien lograda que flaquea en el ámbito de actuaciones pero te hará salir de la sala de cine con una enorme sonrisa y con ganas de abrazar a tus hijos (si los tienes) o con ganas de al menos desempolvar tus juguetes. Por eso a esta peli le pongo 3.5 lentecitos de 5.

¿Tú ya la viste? Cuéntame qué te pareció.

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