Game of Thrones o lo venenoso de las expectativas

El 19 de mayo de 2019 la televisión mundial cambió para siempre, el final de una de las mejores series de todos los tiempos vio su fin: Game of Thrones.

La emisión del sexto episodio de la octava y última temporada de la épica historia de HBO rompió todos los récords de audiencia: 19 millones de personas alrededor del globo se enteraron en tiempo real quién sería el próximo monarca de Westeros. Esto será el récord por lo menos en 10 años (se los puedo apostar).

El final fue anticipado, después de todo, hacía mucho tiempo que una serie no se convertía en un fenómeno cultural tal cual (me atrevo a decir que la última emisión que logró eso fue la legendaria Friends), tanto así que mucha gente solamente se suscribía al canal premium para ver la épica fantástica creada por George R.R. Martin.

Pero ¿qué hizo de Game of Thrones el fenómeno que perdurará en nuestra memoria? Más allá de la insípida última temporada fue lo hermoso del relato, que a lo largo de 8 años, nos sorprendió, cautivó y más importante reflejó. Si bien la saga literaria Canción de Hielo y Fuego, que está basada el show, es una fantasía con dragones y zombies su pilar fundamental está en la representación humana y, como en la vida, es posible de prescindir de cualquier persona y la historia seguirá su curso sin sacrificar lo interesante.

En la mayoría del relato los personajes estaban al servicio de la historia y no al revés, la serie deja el descubierto los puntos más oscuros y bajos de la especie humana de una manera tan verosímil que da escalofríos. Cualquier descripción para tratar de describir el impacto cultural y social que implica esta historia no le haría justicia, Game of Thrones es un espectáculo que debe ser visto por lo menos una vez en la vida.

Es por todo esto que la octava temporada causó tanto furor entre los televidentes (cada capítulo superaba sus índices de audiencia), pero hubo algo que nos desencantó a todos -o al menos a la mayoría de los fanáticos en este último versículo. No fue el qué sino cómo nos lo contaron, la cantidad de giros e información que se nos mostró en tan sólo seis capítulos hizo que la temporada se sintiera como un ensayo de la escuela de guionismo: no era malo pero sí deficiente si comparamos el nivel de detalle de escritura y complejidad que se había mostrado en temporadas anteriores.

Elementos y resoluciones para llegar a un final tan forzado y poco creíble para la naturaleza que se había mostrado de los personajes hizo sentir a más de uno decepcionado. Y no me mal interpreten, de eso pido mi limosna, de poder escribir siquiera la mitad de cómo escriben D.B Weiss y David Benioff. Pero la manera precipitada, al “chilazo”, pues, como hicieron este bloque fue imperdonable. Los fans esperaban más, esa fue su maldición.

Nunca habíamos visto una secuencia de batalla tan larga en la historia del cine y de la televisión (1 hora con 29 minutos), y además tan bien dirigida y coreografeada, nunca una serie de televisión había tenido un score tan épico y trascendental que cada nota que escuchábamos realmente plasmaban sensaciones, la música era un personaje más en la trama (el tema de la secuencia inicial pasará a la historia de la cultura pop). Nunca en la televisión se había visto una fotografía tan estilizada y soberbia que haría sentir al mismo Emmanuel Lubezki envidia. Nunca en la televisión se había visto una historia de ensamble y con actuaciones tan precisas que es una lástima que el Emmy no sea tan ovacionado como el Oscar. Nunca en la televisión se había visto algo como Game of Thrones.

Era como un viejo amigo, un ser querido, por eso queríamos que su final fuera deslumbrante, perfecto. Nos sorprendió, sí, pero con recurso muy baratos. La temporada 8 fue decepcionante.

Pero aún así con este terrible tropiezo, nada quita el lugar que merece Game of Thrones en la historia. Gracias a todos los involucrados por darnos una historia que no sabíamos que necesitábamos, por tan cruda que fue.

Valar Morghulis.

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